lunes, junio 08, 2009

"ANDY WARHOL , SU INFLUENCIA EN EL TEATRO MODERNO"

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"No te preocupes, aprieta los talones, levanta los brazos y sonríe"


María Victoria Crespo.



... si no recuerdo mal, fue Andy Warhol quien aseguró que en el futuro todos disfrutaríamos de nuestros quince minutos de fama. Yo así lo creo, todos vivimos ese momento, puede que sean apenas segundos, tal vez horas, quien sabe si años, pero los míos si, fueros aproximadamente quince minutos. Novecientos segundos apoteósicos, inborrables. Un cuarto de hora, es lo que duraba mi participación en una representación teatral, que a la postre resultaría memorable, nunca se vio mayor simbiosis del actor con el personaje, que entrega incondicional en el escenario, que compromiso con el público, que dominio del espacio, que interpretación tan sublime. Nunca supe de que trataba la obra. Yo era un árbol, tenía cinco años.

No te preocupes, aprieta los talones, levanta los brazos y sonríe. Estas fueron todas las instrucciones que Marivi, profesora de infantil, nos susurro entre bambalinas uno por uno a los cinco niños que, disfrazados de árboles, conformábamos lo que debía ser el bosque donde se desarrollaba el entramado de la obra. Como es preceptivo en estas ocasiones, cuando las madres son las encargadas del vestuario, la uniformidad del mismo no era tal, así mientras yo tenía más bien aspecto de Abeto común, otro de mis compañeros, del que colgaban varias tiras de cuerda con un sin fin de hojas pegadas, asemejaba a un Sauce, un tercero, más por su contundente físico que por su disfraz, bien podría ser un Roble, completaban el quinteto lo que parecía un Olmo y, por último, una suerte de Encina. El resto de los figurantes era un conjunto de cuatro o cinco niños disfrazados de diferentes animales, que debían juguetear gateando entre los árboles. Finalizando con el elenco, cuatro niños protagonistas, estos si, con texto, que desarrollaban la historia.

Cuando, ocupados nuestros puestos y adoptadas las posiciones acordadas, el Sauce empezó a gimotear mientras el telón se levantaba, empecé a tener el presentimiento de que aquella no iba a ser una tarde cualquiera. Terminé de confirmar esa sensación con solo mirar a mi izquierda, donde descubrí a uno de los niños, que minutos antes me agarraba de la mano mientras Marivi me daba las instrucciones, era un ciervo en mitad del bosque que, erguido sobre sus dos patas traseras, talones apretados y brazos levantados, sonreía al público.

A los tres minutos, una niña con coletas recitaba su texto inutilmente, porque a esas alturas, los gimoteos del Sauce habían tornado en sonoros plañidos. Roble y Abeto manteníamos obedientes nuestras posiciones. En una de las esquinas, la Encina, habia bajado una de sus ramas para hurgarse la nariz. El Sauce llorón, fue deforestado bruscamente por una señora de moño imposible, que irrumpió en medio del bosque para sorpresa de todos, menos del ciervo, que inmutablemente seguía practicando la grulla en medio del escenario. Yo empezaba a ser consciente del peso de mis propios brazos suspendidos en el aire.

Dos minutos más tarde, dos niños cantanban una canción en mitad del escenario, Roble y Abeto conservábamos obedientes nuestra postura original. El Olmo había bajado definitivamente los brazos y ya no sonreía. La Encina seguía reconociendo cada milímetro de su nariz minuciosamente con el dedo. El zorro, de alguna manera, había convencido al ciervo de que su mundo estaba entre los vertebrados, y empezó a corretear con el resto de animales. Mis ramas perdían altura por segundos.

Apenas siete minutos de actuación, empecé a notar un ligero calambre en mi brazo izquierdo. Miré a mi alrededor, el Roble se mantenía firme, sonriente, impasible. Lo que había sido un Olmo, ahora con los brazos derrotados y rodilla al suelo, no alcanzaba ya la categoría de lamentable arbustillo. La Encina había empezado a palparse la nariz a dos manos, y entre el público distinguí al Sauce, sentado en las rodillas de la señora del moño absurdo, lamía un helado.
Creí distinguir el momento oportuno para descansar los brazos, y entonces ocurrió. Cuando el Roble se orinó encima, sentí que todo el peso del bosque recaía sobre mis doloridas ramas. El Roble, con los talones apretados, los brazos extendidos, y el tronco empapado, empezó a dar diminutos saltitos hacia atrás, sin dejar de sonreir al público, paso por mi lado y desapareció tras las cortinas dejando un reguero de gotitas de orín, por el que dos segundos después se arrastraría el ciervo, que definitivamente había aceptado su condición animal. Siete minutos después yo era el bosque. Yo era el único que dotaba de cierto sentido y coherencia a todo lo que estaba pasando encima del escenario. Lo comprendí al instante y acepté estoicamente el sacrificio, levantando aún más los brazos como señal inequívoca de que asumía la responsabilidad.

No se exactamente en que momento, pero el público también lo entendió. De nada valía que la niña de las coletas, se contoneara a lo Marisol de provincias en el centro de la escena. A nadie le importaba que el Olmo, tirado ya en el suelo, empezara a morderle el brazo a una especie de ardilla, que trataba de zafarse desesperadamente del súbito ataque. Nadie atendió a la Encina, que a estas alturas se había provocado una hemorragia nasal, que intentaba contener introduciendose una hoja de cartulina por la nariz. Todas las miradas se dirigían a mi, y yo vislumbraba en ellas una mezcla de respeto y admiración. Entre el público, el Sauce también me observaba boquiabierto, mientras su helado, derretido, invadía el bolso de la señora del moño disparatado, que tampoco apartaba su vista de mis ramas.

Habían pasado aproximadamente quince minutos, cuando la niña de las coletas pronunció su última frase y el silencio se apoderó del auditorio. La niña, atónita miraba a la profesora, que estupefacta miraba al público, que absorto me miraba a mi, sin darse cuenta de que la obra había finalizado. Supe lo que tenía que hacer, baje lentamente los brazos, apoyándolos contra mi tronco, a esta señal el público comenzó a aplaudir. El Olmo se incorporo y se adelantó, junto con la Encina que ya no sangraba y junto al resto de niños que, agarrados de la mano saludaban al público en el extremo del escenario Yo quedé detrás, talones apretados y manos pegadas al tronco, sonriendo. Ya no interpretaba, sonreía de verdad, porque me aplaudían a mi, todos me aplaudían a mi.

Quince minutos. Yo era un árbol, tenía cinco años y el resto de mi vida esta siendo un mero trámite.

3 comentarios:

Aurora Ferrer dijo...

jajajajajaja hubiese dado lo que fuese por verte vestido de árbol....

Y no creo que desde los cinco años sea un mero trámite, manda al carajo la frase y disfruta de tu propio guión :P

Bet dijo...

In Presionante O_O , vaya dramón, ahora comprendo muchas cosas..... pero bueno, respecto a que hayan sido los 15 minutos de gloria de tu vida, permiteme ponerlo totalmente en duda XD, has tenido muchos y buenos 15 minutos de gloria, verdad cit?? jajajajajajaa.
Besotes, pirata!.

BUENO...NO HACE FALTA MÁS dijo...

Oye tú, a ver si escribes todos los días, cada tarde que me asomo por aquí tengo derecho a leerte. TE VOY A LLEVAR A LA PLAYA, ENTÉRATE, Y VAMOS A HACER UNA BOTELLONA PARA QUE BEBAS TINTO DE CARTÓN HASTA QUE VOMITEMOS, Y ESCRIBAS UN POST BUKOWSKIANO.

Ya en serio, y en otro orden de cosas, yo también sé hacerlo: cada vez escribes mejor, me encantan tus posts, se ve una evolución muy clara en tu escritura, me llevas de la mano en cada micro-relato. Pero al llevar de la mano al lector, y no agarrarlo bien por las pelotas, corres el riesgo de que con la otra mano se toque la ingle, o peor aún, puede que en la otra mano lleve un libro que trate acerca de como interpretar el canto de los canarios. Aún así tu escritura es tan blanca y tan luminosa y tan metafóricamente IRIDISCENTE, tienes tanto de ti en ti dentro de ello, que más o menos a la par de la ínclita, che, tan de bien que te mueves por la cibertura bloguesiana.